jueves, 20 de octubre de 2011

Danzando sin música

A veces me pregunto por qué parecemos tan extraños. Me refiero a los cristianos. Cuando uno ama a Dios y le hace el centro de su vida, automáticamente se convierte algo como un extraterrestre. La gente no entiende por qué no hacemos lo que todos hacer, porqué nos esforzamos en hacer lo que nadie quiere hacer y porqué amamos a un Dios que el mundo rechaza.

¿Cómo le explicas a la gente que has encontrado algo que es mejor que lo que el mundo ofrece? ¿Cómo le explicas a la gente que Dios es mejor que las bebidas alcohólicas, el sexo, la música o cualquier cosa?

Estaba pensando en eso y se me ocurrió una escena.

Imagínate que escuchas música con tus audífonos. De esas canciones pegajosas que te dan ganas de moverte…y comienzas a danzar. Para ti todo tiene sentido. Llevas el ritmo, expresas lo que sientes y te sientes genial.

Pero la gente alrededor no escucha la música que tú sí. Para la gente pareces un loco. Brincas, y danzas, y hasta se te sale un grito. Cierras los ojos y te pierdes mientras sonríes. Tu mundo es diferente… pero la gente que no escucha la música no te entiende y hasta se burla de ti. Si escucharan la música estarían danzando contigo.

Muchas veces me doy cuenta de que no entienden. Te invitan a tomar, o a una fiesta, o a cualquier cosa… pero cuando ya has escuchado música celestial ya estás perdido en otro mundo. Ya no puedes regresar. Lo genial de este mundo dura unos segundos, minutos, horas, días o hasta años… pero no la eternidad que dura lo celestial.

Cuando pones en balanza los atractivos y finitos placeres que el mundo te puede ofrecer, y del otro lado la belleza y eternidad del hedonismo cristiano… ¡no se necesita pensarlo mucho para ir por lo que conviene! Claro, eso cuando entiendes que los planes de Dios son vida y felicidad; y no una terrible carga para hacer nuestra vida miserable. Damos lo que no podemos quedarnos por siempre para obtener lo que jamás podrán quitarnos.

La gente no entiende que hemos encontrado algo mejor, no es que nos impongan reglas o tengamos miedo de irnos al infierno... no entienden que nosotros atesoramos a Dios como lo más preciado, y disfrutamos sus planes como nuestra más grande aventura.

Escuchamos música, danzamos y sonreímos, pero el mundo no lo entiende porque no escucha lo mismo que nosotros. Comienzo a creer que no parecemos, sino realmente somos marcianos. ¡Dah! ¿Pero qué importa? Seguiré danzando aunque parezca loca porque para mí todo tiene sentido. No, mejor dicho, danzaremos juntos por la eternidad.

¡Bendiciones!



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