martes, 30 de agosto de 2011

Invisible

Encontré en el periódico la narración de una tribu africana que no cree en la espalda. Sí, como lo leíste. Ellos no creen que existan las espaldas. La razón es simple: No la pueden ver. Si no la ven, entonces no existe.

Tal vez parezca tonto, pero es real. Hay gente que no cree en lo que no puede ver. Así como la gente no creía que la tierra es redonda, o en los átomos, o en que la tierra gira alrededor del sol…

¿Sabes? Alrededor del mundo hay gente a la que se le complica creer en Dios porque no lo pueden ver. Yo creo que se necesita tanta fe para creer en Dios como para creer en el ecuador. Esa línea que cruza el mundo, y le divide es algo que nadie ha visto tampoco, pero que por alguna razón no dudamos en aceptarla como real.

O tal vez la fe que se necesite para creer en los milagros sea la misma que necesito para ocupar la computadora. No sé bien cómo funciona, pero lo hace. Si me das todas las partes de una computadora, puedes estar segur@ de que no podré armarla. Pero cada día puedo encender la mía y trabajar. Necesito fe para creer que, aunque no lo entienda, funciona. Lo mismo con los milagros.

La fe que necesito para creer que Dios sabe hacia dónde dirige mi vida, es la misma fe que necesito para creer que la tierra gira alrededor del sol, y que la luna gira alrededor de la tierra. No sé exactamente en qué punto estamos ahora, pero sé que llegaremos a donde se supone que lleguemos. Si Dios puede controlar todo el sistema solar con tanta precisión ¿Qué me hace creer que no puede controlar mi vida? Si no me preocupo cada día por chocar con otro planeta ¿Por qué preocuparme de que Dios no pueda llevarme por el mejor camino?

La fe que necesito para creer que Dios está conmigo, es la fe que necesito para creer en el viento. Jamás lo he visto, pero veo como mueve las cosas a mi alrededor. Veo como me toca y puedo sentir su presencia a donde quiera que vaya. A veces tranquilo, a veces implacable, pero siempre junto a mí.

La fe que necesito para creer la grandeza de Dios, es la misma que necesito para creer que la tierra es redonda. A veces he visto la curvatura de la tierra, pero jamás he visto su redondez completa (solo a través de los libros); de igual manera, jamás he visto la grandeza de Dios en su esplendor, pero he visto destellos. Y la Biblia me dice que los cielos me dan la pista. No sé tú, pero mis ojos ni siquiera pueden acaparar la grandeza de los cielos.

Es curioso. Creemos y tomamos como veraces algunas cosas que no podemos ver, pero cuando se trata de Dios nos complicamos la vida. La redondez de la tierra, el funcionamiento del sistema solar, los átomos y cosas así se comprobaron en contra de lo que antes se creía, y los pioneros de esas teorías eran considerados unos locos con ideas demasiado radicales. Tal vez por eso los cristianos no encajamos. Creemos lo que no vemos, pero estamos seguros que en algún momento todos comprobarán por sí mismos que es verdad.

 El mundo no cree porque no ve, pero nosotros, podemos decir de Dios lo que Galileo dijo del sol:
“y sin embargo, se mueve”

¡Bendiciones!


 

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