¡Volvamos a Dios! Si lo hacemos así, él vendrá a buscarnos; vendrá como el sol de cada día, ¡Como las primeras lluvias que caen en primavera! Oseas 6:3
Me encanta ver los amaneceres y los atardeceres. Son como esos pequeños-grandes placeres que te regala la vida y que no todos se dan el tiempo de recibir. Éstos días me he levantado temprano esperando ver alguno, y también he intentado ver eso que dijeron, que algunos planetas se verían a simple vista en éstos días, pero esas nubes...
Nubes en la mañana y nubes por la noche. El frío me obliga a resguardarme y no me deja quedarme mucho tiempo esperando. Subo al techo por momentos, intentando ver lo que quiero ver, pero estos días me ha sido negado.
A veces simplemente me asomo por la ventana, tratando de ver si Dios pintó el cielo de rojo esa mañana, para encontrar que una cortina esponjosa está ocultando lo que ansío ver.
Han habido veces donde días seguidos veo amaneceres increíbles, hay ocasiones donde no me parecen tan maravillosos. Lo que sí es constante, es que si no me levanto, no sabré cómo fue.
En ocasiones me topo con lo que busco sin querer. Cuando voy al trabajo, por momentos las construcciones se abren espacio para dejarme ver que detrás de esas pequeños montes sale el sol todo despeinado y pintando todo a su paso, incluyendo nubes rojas, rosas, naranjas y semi-moradas. A veces sólo se ve un poco de su cabecita que apenas se asoma, pero ya ilumina y da calor.
Yo sé que aunque podemos encontrar lo que deseamos de manera inesperada, es más probable que lo encontremos cuando lo buscamos. La mayoría de las veces que he fotografiado amaneceres, han sido porque lo he estado buscando. Me he levantado temprano. Me he puesto ropa de frío para poder esperar... y he esperado con la cámara en la mano. Algunas veces hasta alguna de mis mascotitas se acerca a esperar conmigo. Y ahí nos quedamos, incluso cuando está un poco obscuro. Listas para ver si ese día podemos cazar un amanecer.
Lo mismo me ha pasado con Dios. La mayoría de las veces que he encontrado algo en relación con él, ha sido porque he estado dispuesta buscarlo. Sé que Dios mismo es el que da la habilidad y hasta el deseo para hacerlo, pero aún así, creo que esperar es un verbo que implica acción de nuestra parte.
Mis amaneceres no quedarán registrados si me quedo en la cama. Tampoco lo estarán si me despierto y no prendo la cámara. Hay pequeñas acciones que yo puedo hacer, confiando en que ahí estará lo que busco. No siempre lo veo porque hay días donde tengo que ir a trabajar. Hay días donde no lo veo porque hay obstáculos. Hay días donde no encuentro simplemente porque no busco.
Con Dios, la espera también es activa. Yo no sé si Dios hoy querrá abrir mi mente a algo más profundo, o si simplemente podré recordar algo que creo saber. Yo no sé si un nuevo sermón saldrá de esa lectura o si encontraré algo nuevo en un viejo capítulo. No lo sé. No sé si hoy podré comprender lo que no he entendido en mucho tiempo, o si tendré una respuesta a alguna de mis preguntas. No sé si mi oración será contestada ese mismo día o la siguiente semana. Lo que sí sé es que es más probable encontrar todo cuando lo busco. Tal vez lo encuentre, tal vez no, tal vez más adelante, pero mientras más busque, más posibilidades tengo de hallar.
La espera no es pasiva. La espera se hace cámara en mano, Biblia abierta, dedicando tiempo, diciendo lo que necesitamos, levantándonos antes de que salga el sol, leyendo donde hay respuestas y pidiendo encontrar.
Sigo levantándome temprano porque quiero ver al sol cuando nazca. Mañana no sé si habrá nubes. Lo que sí sé, es que tengo las pilas cargadas, la memoria con espacio suficiente y la cámara en el escritorio. No sé si mañana encontraré un secreto. Lo que sí sé es que estoy leyendo partes de la Biblia que no había leído en bastante tiempo, y que tengo una libreta para anotar lo que quiera, lo que aprenda, y lo que encuentre.
A pesar de todo lo que pueda hacer, no puedo obligar al día a darme un cielo pintado de colores, u obligar a Dios a mostrarme un secreto. No puedo quitar las nubes o exigir que mi oración sea respondida con un sí inmediato. No puedo. Me toca prepararme y esperar.
A pesar de todo lo que pueda hacer, no puedo obligar al día a darme un cielo pintado de colores, u obligar a Dios a mostrarme un secreto. No puedo quitar las nubes o exigir que mi oración sea respondida con un sí inmediato. No puedo. Me toca prepararme y esperar.
La espera está llena de acciones, donde hago lo posible y espero que lo imposible sea realizado. Esperar implica llenarme de esperanza de que en algún momento, Dios, como el sol, vendrá a encontrarme si le busco.
No, esperar no es pasivo.
Isarona
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