martes, 19 de febrero de 2013

El triángulo de nuestro corazón

Tengo la conciencia limpia, pero eso no demuestra que yo tenga razón. Es el Señor mismo quien me evaluará y tomará la decisión. 1Cor 4:4
 
 
 ¡¡OOHHH!! ¡¡RAYOOSS!!
¡Una conciencia limpia no es signo de que estés bien!

El domingo tuve un sueño realmente perturbador.  El sueño me hizo darme cuenta de cosas dentro de mí que estaban mal.  Desperté toda sacada de onda, a tal punto que tuve que caer sobre mis rodillas pidiendo perdón.
Mi conciencia estaba “limpia”, pero la verdad es que yo misma me estaba engañando  ¡No estaba bien y yo me sentía tranquila! ¡Ah, conciencia! ¡Cómo ayudas y cómo engañas!
Según recuerdo, una tribu en África cuenta una historia a sus pequeños para explicarles qué es la conciencia.  Les dicen que nuestro corazón tiene un triángulo, y que cuando  hacemos algo mal ese triángulo gira un poco, y sus puntas causan dolor en el corazón. Si vuelves a hacer lo mismo, el triángulo vuelve a girar y vuelve a causar dolor… Sin embargo, si ignoras el dolor y dejas que el triángulo gire y gire,  las puntas se achatan y dejan de doler; así que llega un punto en el que ya no sientes nada.

Comienzo a creer que cuando nuestros triángulos se vuelven círculos, Dios comienza a revolver las aguas de nuestra conciencia. Cuando las miramos de reojo parecen limpias, pero al revolverlas con el fondo vemos que no son tan cristalinas como pensábamos. Que Dios nos inquiete para examinarnos a nosotros mismos solo puede significar una cosa: amor.
Dios nos ama demasiado como para dejarnos tal y como somos,  así que muchas veces nos forza a mirar más profundo en nuestros corazones, donde no queremos ver.  Las situaciones que golpean nuestro carácter rompen nuestra apariencia y sacan lo que tenemos dentro, como una piñata. De nosotros solo saldrá lo que tenemos en el fondo.

“Examínate”, me ha invitado mi padre. No escucho la voz de Dios complacido,  pero tampoco escucho la voz de un acusador.  Más bien es como el dulce sonido de un padre que sabe amarme a pesar de mis pecados y de mí misma.  Es el sonido de la esperanza de reconciliación.  Es una invitación a la santificación.
“El pecado nos separa” – Nos recuerda.
 “Examínate” –  te invita hoy.
Escucha su voz. Deja que revuelva las aguas de tu conciencia hasta ver lo turbias que son. Y alégrate de que si Dios te obliga a examinarte, es porque te quiere más cerca de Él.
 
¡Solo a Dios la gloria!
 
*Cuéntame, pregúntame, platiquemos, edifiquémonos, crezcamos juntos...
 
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