"... sino que habéis recibido el espíritu de adopción,
por el cual clamamos: ¡Abba Padre!"
Romanos 8:15
Recuerdo que esa noche estábamos platicando en el auto. Mi papá tenía una cara de tristeza y me dijo: "Fui un mal padre". Y luego se dedicó a darme una lista de cosas en las que sentía que había fallado. Que si faltó aquello, que si no estuvo en tal situación, que si no me evitó esto, que si tal, que si cual, que si hubiera, que debió, ...que si tan sólo pudiera regresar el tiempo unos años más. Yo lo escuché. Creí que él necesitaba más decírmelo que yo oírlo, así que lo escuché en silencio. Vi sus ojos. Era cierto. Quería regresar el tiempo. En verdad quería, pero no podía hacerlo. Escuché cada una de sus palabras sin saber que sería de las últimas platicas largas que tendríamos.
"Papá", - le dije con todo mi corazón en ese momento- "este tiempo en la ciudad de México he estado aprendiendo algo importante:. Estoy completa en Dios. No me falta nada. Todo me ha sido suplido. En lo espiritual, en lo económico, en mi alma. No me ha faltado qué comer, el Señor ha sanado muchas heridas, el Señor me ha guiado. No he estado sola. Todo en lo que pudiste haber fallado, mi Padre celestial lo ha hecho bien. No te preocupes papá..."
Esa noche fue mi favorita con él. Cuando me fui a Cdmx, muchas cosas cambiaron. Una de ellas fue la relación con mi papá. Nunca nos habíamos llevado realmente bien, hasta que estuve allá. Al final, cuando nos veíamos era tiempo de comer, de ponernos al tanto, de enseñarnos lo que habíamos aprendido de Dios, de animarnos, y de comer otra vez.
Un día nos sentamos en unos columpios cerca de aquí. Él y yo. Estuvimos ahí riéndonos hasta que los moscos y la poca luz nos los impidieron. Nunca me lo dijo. Pero esa noche supe que amaba estar conmigo. Sólo que no sabía cómo decirlo. Había pasado tanto tiempo, tantas situaciones entre nosotros que a veces no sabíamos cómo decir las cosas, pero lo entendíamos.
El último sábado estaba orando cuando algo en mi corazón me dijo que era necesario que regresara a verlo. Sabía que mi papá estaba enfermo, pero me habían dicho que no fuera, que todo estaba bajo control. Y sí, ahora entiendo que lo estaba, pero sabía que tenía que regresar. Así que después de orar, yo estaba haciendo mi maleta a prisa. Le llamé, y él me repitió que no fuera, que no era necesario, pero yo estaba segura de lo que tenía que hacer. Tuve la oportunidad de cuidar de mi papá los últimos días hasta que entró al hospital. El día que falleció, pude orar por él. El salmo 23 fue mi guía. "Señor, conforta su alma... que no tema aún cuando ande en valle de sombra de muerte, recuérdale que estás con él... Que tu bien y tu misericordia le guíen todos los días de su vida..." Algo me decía que no volvería a casa. Así que mi hermana y yo oramos con él, le dijimos que lo amábamos, nos despedimos, y no lo volvimos a ver.
Una paz que no puedo entender estuvo en mí todo ese día. Claro que sí dolió. Varios días todo pareció un sueño, como si uno de esos días mi papá fuera a abrir la puerta otra vez o a toser del otro lado de la casa. Quise mandarle mensajes como antes lo hacía, para después recordar que ya no me iba a contestar.
Ya pasaron unos meses y todavía no me acostumbro bien a la idea. Me he aferrado a 1 Tes. 4:13 "Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza...". Así que tengo esperanza.
Siento que fue poco tiempo con mi papá, pero en realidad fue suficiente. Se fue cuando yo ya sabía que tenía una esperanza. Se fue cuando yo sabía que siempre tendría un Padre.

1 comentario:
Te amamos Isa.
Publicar un comentario