-¿Acaso entiende usted lo que está leyendo?
-¿Y cómo voy a entenderlo - contestó- si nadie me lo explica?
Hechos 8: 30-3 NVI
La historia en Hechos 8:27 comienza con una orden. Felipe se describe en hechos 6 como un hombre de buena reputación, lleno del Espíritu y de sabiduría. Él recibe la orden de ponerse en marcha por cierto camino. Felipe obedece. Acto seguido, se nos presenta un segundo personaje. Un etíope.
Según lo que encontré en internet, la distancia aproximada entre Etiopía y Jerusalén, es de 4,204 km. Lo que en un auto moderno equivaldría a unas 130 horas de conducción. Eso sin contar que el hombre tenía que regresar. Este hombre había recorrido el camino con un sólo propósito: adorar en Jerusalén.
Este etíope no era un hombre común. Era un funcionario de alto cargo. Era nada más y nada menos que el tesorero de la reina de los etíopes.
No puedo evitar pensar que como tesorero debió haber visto grandes cantidades de metales preciosos, y joyas. Siendo tesorero de la reina, debió estar familiarizado con materiales muy finos y grandes cantidades de riqueza. También debió estar muy ocupado haciendo cuentas y rindiendo informes. Sin embargo, vemos que este hombre deja todo eso por un momento. Su alto cargo puede esperar. Las joyas más exquisitas podían esperar. Los honores podían esperar. El oro puede esperar. Los manjares podían esperar. Este hombre se puso en marcha buscando una sola cosa: Adorar en Jerusalén.
El camino debió representar incomodidades, pues debemos recordar que no había autos como los de ahora, y mucho menos aviones. También debió costarle mucho dinero, contemplando el hecho de que tenía que alimentarse todo ese tiempo. ¡Ah! ¿Y qué hay de aquellos que probablemente le acompañaban? Ahí, en el camino, a donde se dirigía, se exponía a los robos, a dormir y comer en lugares que poco se parecerían a lo que él estaba acostumbrado. Sin embargo ahí va el Etíope. Camino a Jerusalén.
Ya ahí, en Jerusalén, la iglesia apenas estaba creciendo y afirmándose. Todavía no se le había revelado a Pedro que el evangelio también era para los gentiles. Eso está dos capítulos después. Así que ve tú a saber qué habrá pasado ahí.
Ya de regreso, este hombre no se ve quejándose de nada, sino buscando diligentemente entre las escrituras a aquél Dios que había ido a adorar.
El hecho de que tuviera un rollo, y que tuviera conocimiento de que podía adorar en Jerusalén, me habla de que había leído aquella parte de las escrituras que estaban a su alcance, y que había invertido tiempo, dinero y esfuerzo en ello.
-¿Acaso entiende usted lo que está leyendo? - Le preguntó Felipe al oir que estaba leyendo Isaías.
-¿Y cómo voy a entenderlo - contestó- si nadie me lo explica?
La información no viajaba tan rápido como ahora. Probablemente jamás había escuchado de Jesús, sus enseñanzas, su muerte y resurrección. Probablemente ni lo había escuchado mencionar, hasta ese momento. Así que invita a Felipe a subir con él al carro, y a partir de esa parte de la escritura, le comienza a hablar de hablar de la buena noticia de Jesús.
El etíope ve agua y pide ser bautizado en ese momento. De repente Felipe es llevado a otro lugar, y el etíope regresa alegre por su camino. Al parecer, él fue el primero en anunciar a Jesucristo en ese lugar.
Me encanta esta historia porque me deja ver que que Dios recompensa la búsqueda de este hombre. El etíope busca, Dios hace que halle. El etíope hace lo que está a su alcance, Dios proporciona lo que por él mismo no puede obtener. El etíope lee, Dios le revela. El etíope viaja, pero Dios le encuentra.
Me encanta la búsqueda de este hombre, y aún más me emociona la respuesta de Dios.
Cuando buscamos a Dios con todo nuestro corazón, somos como ese etíope que se esfuerza en lo que puede, pero que necesita esa intervención divina para comprender.
Sí. Me encanta la búsqueda de este hombre,
y me da mucha esperanza la respuesta de Dios.

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