jueves, 25 de mayo de 2023





Estos días han sido algo especial.  Coincidió en que varias personas me trajeran a la memoria muchas cosas de mi vida hace muchos años atrás. Que el viaje de acá, el campamento de allá, el día que hicimos esto o aquello, cuando me dijiste tal y un chorro de chocoaventuras y chistes locales. 

Ha sido emocionante voltear hacia atrás y ver que año tras año he aprendido y crecido un poco más. Me emociona saber que Dios me ha traído hasta acá en medio circunstancias que en su momento parecieron un tanto aleatorias o sin tanta importancia; pero que al pasar de los años comienzan a encajar como un rompecabezas. 

Sin embargo, hay algo que me llamò la atención por varios comentarios. Me parece que mi generación tiene cierto sentido de melancolía, como si quisiera regresar a "aquellos tiempos". Me da la sensación de que a veces volteamos a ver aquella parte de nuestra vida donde las cosas eran totalmente diferentes y queremos regresar a ella, como un Peter Pan que no quiere crecer jamás. 

He de reconocer que disfruté mucho de mi adolescencia. Claro, no todo fue perfecto, pero todavía me tocó un tiempo donde podías salir y regresar sin tanta preocupación de que no llegabas. Ahora es un poco más difícil. Invertí ese tiempo lo mejor que pude. Estudié, trabajé, leí, escribí, practiqué danza, hice amigos y  perdí algunos, me equivoqué y aprendí de ello. Viví un par de hazañas y me metí en dos que tres problemas pequeños. Esa fue la época donde Dios me abrió los ojos para entregarle mi vida y donde comencé a ver las cosas con mis propios ojos. Era la típica niña de iglesia que en todo está y con la que se cuenta para todo. Me acuerdo que en broma, en mi casa me llegaron a llamar "ratón de iglesia" en lugar de "ratón de biblioteca".  Si había una velada, ahí estaba Isabel. Si se organizaba un viaje para predicar, seguramente Isabel estaría trepada en el camión. ¿Alguien dijo que tenemos ensayo el sábado? Sí, otra vez Isabel.  Lo hice lo mejor que puede. En mi ánimo y de todo corazón lo hice. Dios sabe qué cosas sacrifiqué con las mejores intenciones, y con miras a complacerle. 

Lejos estaba yo de ser perfecta. Mucho ha tenido que cambiar en mí desde ese entonces. Mi carácter es una cosa que tuvo que ser trabajada y que aún requiere más. Mi forma de ver las cosas ha cambiado. Mi forma de ver a las personas ha cambiado.  Las situaciones en mi vida han cambiado. Mis sentimientos ha cambiado. Mis deseos han cambiado. Mucho mucho ha cambiado. No. No mucho. ¡Todo lo ha hecho! 

Veo a aquellos con los que crecí y ahora nosotros somos los adultos. Mi generación poco a poco está tomando su lugar como padre de familia, trabajador, liderazgo en la iglesia, el amigo que da consejos más maduros.   Ahora nosotros somos los adultos.

Y cae la casualidad de que nos toca ser adultos en una época difícil, pero también bastante interesante. Estamos viendo cómo el mundo se trastorna poco a poco, cómo las cosas se están acomodando para el fin y el nuevo comienzo que está por delante. Las profecías están cumpliéndose ante nuestros ojos y el tiempo se acelera frente a nuestras narices. Tenemos la ventaja de ser lo suficientemente grandes como para tomar decisiones o cambiarlas, y lo suficientemente jóvenes como para proyectarles fuerza. 

Creo que no es el momento de añorar otros tiempos que fueron buenos en su momento. Claro que nos enseñaron, no hay porqué negarlos, pues Dios también estuvo en medio de ellos, ocupándolos para enseñarnos y hacernos crecer. Pero ya fueron. Ya pasaron. Cumplieron su propósito, y éste es el tiempo que tenemos que vivir ahora, como adultos. 







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