domingo, 26 de marzo de 2017

Jacarandas

Hay una sola razón por la que me gusta mi nombre. Es porque es el de ella.

Un día pregunté porqué me llamaba así. Mi mamá me dijo que mi papá quería quedar bien con mi abuela. Así que me pusieron su nombre.  Esa es toda la historia. Me llamo así porque así se llamaba ella.

Cuando yo nací, mi primer hogar fue con mis abuelos maternos. De ahí nos mudamos a otra casa, pero aún así los tuve cerca siempre.  Recuerdo que mi abuela todavía tenía cabellos de color, y se hacía una trenza que enredaba al final para que no se deshiciera. Tenía una dotación de mandiles que yo sentía que  cada vez que la veía traía puesto uno diferente.

Mi abuela siempre estaba haciendo algo. Si no estaba cocinando, estaba sirviendo comida. Si no estaba sirviendo comida, estaba lavando trastos. Si no estaba lavando trastos, estaba lavando alguna otra cosa.

Cuenta la leyenda que me regañó una sola vez. Yo no lo recuerdo, pero creo que ella nunca lo olvidó. Me contó que como nunca me había regañado antes, ese día yo me escondí bajo de la cama y me quedé dormida.  Ella no me encontró y movió a los vecinos para que me buscaran. Fue una vecina la que me encontró allí. Nunca me volvió a regañar. Lo peor es que nadie recuerda por qué sí lo hizo ese día.

Mis abuelos se cambiaron muchas veces de casa, así que tengo muchos recuerdos.  En una de ellas, junto a la primaria donde estudié, siempre estaba comiendo sopa y gelatina con mi hermana, y brincando a escondidas sobre su cama.  En otra casa, con un jardín, recuerdo haber adoptado a sus gatos y haberles puesto nombre… también con  mi hermana (Imposible separar mis recuerdos de la infancia de ella, prácticamente son los mismos). Eran “nuestros” gatos, pero los abuelos los alimentaban. Al menos eso decíamos nosotras. Cuando había problemas, los abuelos eran un pequeño refugio.

Mi abuelo falleció hace unos años. Nunca había visto a mi abuela tan triste.  Para mí siempre había sido alguien fuerte, pero cuando la vi en el funeral recordé que su corazón era tan fuerte como humano. Cuando iba a su casa, me contaba muchas historias.  Mi abuela me contó su historia:

Fue la primer hija. Nació como a las 5:00 am en un domingo, el 8 de julio de 1928.  Sus papás escogieron ese nombre porque estaba en el calendario. Menos mal que salió ese y no otro nombre, porque se lo copiaron para mí.  Ese día, en Temimilcingo, nació mi abuelita Isabel. Su papá era moreno y chino, su mamá era blanca. Cuando nació, los vecinos estaban tratando de verla porque querían saber a quién se parecía. Decían que iba a parecer “mosca en leche”.

Sus padres siempre fueron muy trabajadores. Su papá nunca estaba sentado, siempre estaba haciendo algo, y cuando veía que ella o sus hermanos estaban desocupados, los mandaba por leña para que no estuvieran sin hacer nada. Su mamá cuidaba  a sus hijos y hacía quehaceres para otros.  Ella tenía 14 años cuando se separaron.

Su abuela Vicenta la consentía a ella y a sus hermanos para que no les pegaran.  No conoció a sus otros abuelos. Su abuelito paterno, Antonio, había muerto en la revolución.  Su abuelo materno murió cuando su mamá tenía 5 años. Él había sido  coronel del frente zapatista, y murió en 1915.

Su abuela Vicenta fue la que más convivió con ella.  Una vez le dijo que quería unos zapatos, y Vicenta vendió 12 pollos para comprarle unos zapatos de charol.  Esas cosas estaban en la memoria de mi abuela.  Una memoria envidiable. Podía recordar fechas, números, épocas… y yo que olvido dónde dejo las llaves.

Nunca le gustaron los deportes, pero le gustaba escribir, dibujar y hacer cuentas.   Dejó la escuela en segundo de primaria, pero nunca olvidó a su maestro. Se llamaba Abraham Mendoza. Su maestro a veces les daba de su fruta. Ella escribió su nombre en la portada de su libro de la escuela.  También tuvo una maestra que hizo una casita con las vocales y el abecedario. Antes el ayudante iba casa por casa para avisar que, si no había niños, el maestro se iría, que aprovecharan para aprender a leer y escribir. La gente a veces respondía, pero después de unas tres semanas dejaban de ir. De todo el pueblo, sólo una familia terminó la primaria.  

En cuanto a dulces, de niña le gustaban las cocadas, las palanquetas y las golosinas de leche. De juegos recordaba el huerfanito, la rabia y las atrapadas. Algunas veces llegaba un show de títeres al pueblo. Ella me los describía como “unos muñequitos que jalaban con hilos”.

Siendo la mayor, y con más de 10 hermanos detrás de ella,  mi abuela comenzó a trabajar desde muy joven. Más que de juegos, tenía memoria de los lugares donde había trabajado para ayudar a su mamá o para comprarse ella misma sus cosas.  Ella y su familia hicieron de todo: Iban por leña y zacate para los burros, espantaban pájaros de los arrozales, cuidaban  mujeres que se acababan de aliviar, quehacer doméstico,  tostaban cacao, hacían chocolate, planchaban ajeno, sembraban el campo, hacer tortillas, vender cosas de rancho,  desgranar maíz…

Mi abuela me contó que el mundo era muy diferente cuando era niña. Caminaban mucho, y cuando tenían que ir lejos, tomaban el tren. No había carros, usaban caballos. Los trabajos que ella veía se centraban en el campo. Algunas personas tenían vaquitas y yuntas. Se bañaban en el río y comían cosas sencillas. El azúcar se vendía en terrón, el café lo tenían que moler.  No había computadoras, radio, estufa, refrigeradores, televisión ni tortillerías.. La gente cocinaba en parrillas con carbón y las planchas se calentaban igual.

Me dijo cómo conoció a mi abuelo y cómo se tuvieron que esconder para poder estar juntos. Se conocieron en Temilpa (Morelos) por allá del 1944, y se enamoraron por cartas. Ella tendría unos 16 años.  Lo que más admiraba de él era que siempre fue muy trabajador, y que le cantaba. Mi abuela recibió serenata varias veces. A veces, el abuelo le cantaba una canción que decía “Ya estoy aquí, joven de mis ensueños…” Se casaron en Atcapozalco, Guerrero en 1948, el 17 de enero.  Ella se puso un vestido rosa que mi abuelo le regaló.

Escuché de su boca relatarme su infancia, cómo eran sus hermanos, su vida en el pueblo y sus trabajos, su dolor y sus miedos.  Mi abuela era transparente como el cristal. Me contó cómo sufrió el rechazo de su suegra y cómo se asustaba cuando escuchaba ruidos. Las veces que se sintió desvalida y abandonada. Cómo se le rompió el corazón varias veces. Sufrió muchas cosas, pérdidas de sus hijos, pérdida de su esposo, abandono, soledad.  Pero también la escuché decirme cómo, a pesar de todo y en medio de todo, nunca dejó de mirar con fe y esperanza hacia el cielo.

Siempre tenía tiempo para escuchar y platicar. Hubo un tiempo donde dormimos en el mismo lugar, y yo le escuchaba cada noche hablarle a Dios de cada uno de nosotros por nombre, y con peticiones específicas. Fue entonces cuando entendí que si el cielo no nos había olvidado, era porque cada noche ella le recordaba de nosotros.

Mi abuela me contó todo esto, y me contó muchas cosas más. Un día me ayudó a hacer mi árbol genealógico y terminé con varias hojas llenas de fechas, datos curiosos y nombres de gente que nunca conocí. Si algo la distinguía era su amor a Dios y su brillante memoria.

Se alegraba cuando te pasaba algo bueno, se entristecía cuando algo malo te sucedía. Siempre  compartía de lo que fuera que tuviera, aún cuando no tuviera mucho. Desde que la conozco ella siempre fue así.

Ella me dio uno de los mejores regalos. Cuando tenía 17 años, me regaló sus libros de la primaria. En uno de ellos vienen algunos de sus cuentos favoritos. El que más recuerdo  es el de la niña fea y la bonita. Trata de dos hermanas, una hermosa, pero creída; y otra fea, pero llena de virtudes. Su padre les da una lección regalándoles dos cajas a su elección. Una caja dorada llena de aserrín, y una de madera sencilla, pero llena de dulces. La bonita elige la dorada y la otra se queda con la de los dulces. Cuando la abren, el padre les habla de que lo más importante está adentro. Ese fue uno de sus cuentos favoritos, y también uno de los míos.

Mi abuela nos cuidó mucho cuando éramos niños. A veces en su casa estábamos corriendo pero,  aún así,nos recibía. Siempre había espacio para un nieto más, aunque fuéramos desastrosos.  

Los nietos crecimos, y nuestras vidas cambiaron. Su Dios se volvió el mío y sentía que hablábamos el mismo idioma.

Un día habló con mi hermana y conmigo y nos aconsejó aprovechar que teníamos fuerzas. Nos dijo que aprendiéramos de la Biblia ahora que teníamos “buena memoria”, y que la leyéramos ahora que teníamos “buenos ojos”.

Su humor era la onda. Mi mamá me mandó un mensaje una vez que me hizo reír mucho. Me dijo que mi abue se había despertado, y como no se dieron cuenta que empezó a gritar: “ ¡Hey! ¡Todavía vivo!  ¡Tengo hambre!”.  A veces, cuando llegaba con ella y le preguntaba cómo estaba me respondía “ Bien…. …. ..  ¡Bien mal!” Y luego se echaba a reír. También recuerdo mucho un día que me contó de la última vez que se había enfermado del estómago. Me dijo que estaba preocupada porque “le querían dar pura cosa blanda”. Ella quería tacos.

Llegó el día donde por fin me enamoré y ella estuvo ahí para verlo. Le presenté a ese chico especial. Nunca le había presentado a nadie porque nunca había tenido a nadie, así que ella supo que de verdad era importante para mí.  Por un momento él salió, así que ella habló conmigo.
-Hija, ¿Él ama a Dios?
- Sí, abue.
- ¿Es trabajador?
- Él es la persona más trabajadora que conozco.
Mi abuela disimuló una sonrisita.
-Entonces, que Dios los bendiga.

A partir de ahí, siempre que la veía me preguntaba por él. Así como era, yo sabía que ya lo había incluido a su lista de oración.

Después llegó un momento difícil en mi vida. No quería decirle las cosas, pero terminó descubriéndome. Estaba pasando por algunas situaciones, pero a ella le bastó enterarse que ahora estaba sola y que mi familia estaba cayendo a pedazos. Hasta donde yo recuerdo, todos mis primos tienen familia o están casados. Yo ya no tenía nada de eso, y creo que esa era su preocupación.  Yo no quería llorar cuando se lo dije, y vi que ella también contuvo sus lágrimas. Sin más ni más comenzó a darme consejos. Luego tomó mis manos entre las suyas y comenzó a hablarle a Dios de mí.   Oró para que yo fuera sabia y cercana a Él.  Le pidió que pudiera tomar decisiones inteligentes. Finalmente, le pidió que me diera a alguien que me amara.  Yo no sé por qué pidió eso. Yo sabía que alguien me amaba incondicionalmente. Estaba ahí, justo frente a mí, con ojos cerrados y sosteniendo mis manos entre las suyas.  Ella no me lo dijo, pero yo lo supuse, y luego mi madre me lo confirmó sin querer: Ese día me posicioné  en el número uno de su lista de oración.

Uno de esos días comencé a hacer un cuaderno lleno de sus memorias junto con mis primos. Ese cuaderno ha sido una de las mejores inversiones de mi vida. Tengo escritas muchas cosas. Ya que no heredé su memoria, por lo menos traté de compensarlo poniendo lo que escuchaba en donde pudiera recordarlo.

-Abue, quiero irme a vivir a CdMx. - Le dije un día.
Mi abuela se detuvo un poco para pensar qué decirme. Y luego me habló de cómo no le había gustado trabajar allá cuando tenía la mitad de mi edad.  Dijo que tal vez no me gustaría, pero que si lo hacía  estaba bien. Creo que  quería dejar la puerta abierta en caso de que quisiera regresar.

Cuándo me fui a vivir a CdMx,  a veces hablaba con ella por teléfono o le mandaba saludos con mi mamá. Ella siempre contestaba. Cuando llegaba a verla o platicar con ella,le decía que estaba bien. Un día le conté de  las cosas que había visto acá y de lo bonitas que se veían las jacarandas llenas de flores moradas. Mi abue sólo escuchaba. Cuando le conté de mi congregación sonrió.   Eso era lo que ella esperaba escuchar. Lo demás era menos importante.

-No te alejes de Dios. - Me decía con lo poco que le quedaba de voz.
-No abue.-  Le respondía yo siempre.

Semanas después recibí un mensaje. Mi abuela no estaba muy bien. Ya no podía hablar bien. Había pedido permiso para faltar  a al trabajo, pero no me lo dieron. No podía regresar porque había un curso el fin de semana  que era obligatorio para obtener un papel que también era obligatorio. Así que esperé un poco mientras oraba al cielo: "Por favor, déjame verla”.

Finalmente pude verla hace exactamente ocho días.  No podía hablar, y no podía escucharme bien. Oré por ella y le leí unos salmos. Repetimos juntas “ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días…”.  Ella ya no podía entender lo que yo le decía. Yo ya no podía entender lo que ella me decía. Sin embargo, ambas sabíamos que Dios entendía perfectamente a ambas, y eso nos era suficiente.

Antes de irme, sacó todo lo que le quedaba de voz. Trató de gritarlo, pero salió con la fuerza de un susurro.

-¡Que Dios te bendiga!

Regresé a abrazarla y le dí un beso.

-A usted también abuelita.

Y luego se quedó dormida.

Tres días después recibí un mensaje. Mi abuela había dormido. Nos había dejado recuerdos y heredado memorias.

Nunca fue alguien escandalosa, ni que buscara un reflector.  Nunca buscó el reconocimiento que no fuera del cielo, y sin embargo, logró tener todo nuestro respeto.  Algo hizo bien esa mujer porque todos la admirábamos. Algo hizo bien mi abuela, porque todos la amábamos.  Algo hizo bien esa cristiana porque todos la poníamos como ejemplo.  Con mucho esfuerzo y un poco de suerte, espero ser como ella si se me concede vivir tanto.

Mi hermana bien dijo que ella sanó su tierra. Era alguien que sembraba la palabra en sus hijos, nietos y bisnietos. Nos dijo que los tesoros de verdad estaban en el cielo.  Su vida no fué fácil, pero siempre creyó que Dios era bueno. Nunca nos enseñó algo que no viviera.  Cocinaba rico y a veces salvó a mi hermana de que la regañaran, aunque todos sabíamos que se lo tenía bien merecido. Así era mi abuela.

Su funeral fue sencillo. Lleno de recuerdos y gente que decía una y otra vez cómo amaba a Dios. Yo leí algunas de las memorias que nos había dejado. Todo fue muy tranquilo. Se fue como siempre quiso. Sin ser la protagonista de su vida, apuntando todo hacia Dios. Yo estaba orgullosa de, no sólo haberla conocido, sino de haber compartido tiempo, recuerdos y ADN con ella.

Si tuviera que describir cómo se fue, lo haría justo como le describí las jacarandas de ésa primavera: “Abuela, son grandes, están llenas de flores y hacen que todo alrededor sea más bonito.”

Mi abuela se fue siendo grande, llena de flores, y dejando belleza en todo lo que tocó.

Nos vemos luego, abue.  Yo le hablaré a Dios de nosotros. :)















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