domingo, 24 de septiembre de 2017

Entre escombros

Pero también me acuerdo de algo que me da esperanza: Sé que no hemos sido destruidos porque Dios nos tiene compasión. Sé que cada mañana se renuevan su gran amor y su fidelidad. Por eso digo que en él confío; ¡Dios es todo para mí!

Lamentaciones 3:21-24




Un México algo adormilado y dolido se empieza a abrir los ojos poco a poco entre los escombros.


El terremoto despertó muchas cosas.

He visto noticias de perros, donaciones, necesidad, dolor, muertes, mentiras y héroes.  He visto edificios caídos y personas que hacen cosas extraordinarias para ayudar. No importa el lugar que pise, sé que me encontraré en el camino un centro de acopio, un mensaje de aliento o una persona con casco y pala. La solidaridad y la unidad se ha hecho presente en muchos.

He visitado algunos centros de acopio y nunca he visto uno vacío. México es extraordinario. He visto jóvenes, de esos que siempre se juzgaron como flojos, cargando escombro y cajas. He visto fotos de gente muy pobre compartiendo de lo poco que tiene. 

En cierto modo me he acostumbrado a las sirenas. Día y noche pasan de un lado a otro, alumbrando con sus luces rojas el camino que recorren. Dije en cierto modo.

En cierto modo no me sorprende encontrar escombro en el camino, ni edificios acordonados, gente con chalecos, construcciones rodeadas con cinta, o letreros donde dice que hay comida para los brigadistas, o gente comentando la manera tan extraña en la que se sacudió la tierra. Dije en cierto modo... 

Los jóvenes no descansan. Los ancianos se esfuerzan. Algunas personas apoyan cargando cubetas, y otras sostienen cucharas para preparar o repartir alimentos. 

Aquél día yo estaba trabajando. Tenía clases de natación con mis niños de segundo grado de primaria. Bueno, no yo, ellos. Yo sólo sé flotar y echarles porras diciéndoles que deben aprender si no quieren ser unos viejitos usando popotes para flotar. Para allá voy yo... quiero evitarles la pena. 

Los niños se metieron a cambiar. Las niñas fueron al otro vestidor.  Dos de mis chicos se cambiaron asombrosamente rápido.  

- "Oh, vayan a sentarse a las gradas..." - les ordené. "No se metan agua hasta que la maestra les diga."

Se fueron felices. Les gusta el agua. De no ser por esa pequeña ceremonia para arriar la bandera que se puso para conmemorar el terremoto del ´85,  ya habrían estado en el agua para ese entonces. 

-"Vamos tarde", - Me digo a mi misma en ese momento. Así que me obligo a levantarme y les grito a los chicos que se apuren.

Las niñas. Las niñas son las que más se tardan. Me inventé un concurso semanal para ver si los niños  o las niñas se cambian más rápido y lo más que han logrado es un empate. 

Voy caminando rápidamente al vestidor de las niñas. Cuando siento la sensación de mareo.  Me detengo con una mano sobre la pared. No es usual que me sienta mareada. Qué extraño me parece en el momento.  

No, no soy yo. La tierra se está moviendo. Corro hacia el vestidor de las niñas mientras empiezo a gritarles a todos: "¡Salgan! ¡Todos salgan rápido!" Llego al vestidor de las niñas. Están petrificadas, sin saber si tomar sus cosas o qué. "¡Dejen todo! ¡Salgan así como están! ¡Ya! ¡Salgan rápido!"

No sé si es mi impresión, o si en realidad lo ví. El agua de la alberca se parece demasiado a ese balneario donde tienen un área de olas.   Una estampida de niñas pasa frente a mí y regreso al vestidor de los niños mientras grito las mismas cosas una y otra vez todo el camino. 

No, no sé si mis niñas salieron. Hay dos salidas posibles. No estoy ni siquiera en la planta baja. Estoy aún más abajo, bajo el nivel del piso.  Si algo cae sobre mí probablemente sean los cuatro pisos que están arriba. 

Mis niñas. No puedo dejar a mis niñas. ¿Y si alguna se quedó en el vestidor llorando? Me regreso. Por un segundo creo que me voy a morir. El pasillo parece ese de aquél museo donde tiene un túnel alrededor que te marea y no te deja caminar en línea recta. Hago un barrido visual rápido. No hay nadie. Las que no pasaron frente a mí salieron por el otro lado.

-Dios, por favor, que hayan salido todos. 

Regreso al vestidor de los niños.

-¿¡Hay alguien!? ¡Salgan todos! No veo a nadie, ni escucho a nadie. Ni un grito, ni un llanto. Nada mas que a una pequeña conmoción a lo lejos. Ahí deben estar los míos. Soy la última en salir. En el camino me encuentro a mis alumnos del año pasado, y a una miss tomando un manojo de manitas. 

-Te ayudo. 

No hace falta ponernos de acuerdo. Tomo al primero que veo.

-¡No trae zapatos! ¡Cárgalo! 

Me toma un segundo voltear a ver sus pies desnudos y tomarlo entre mis brazos. Cuánto ha crecido desde que lo conocí hasta ahora. Camino lo más rápido posible y lo dejo con su grupo. Los míos. Los míos están completos en cuanto una maestra me entrega a un alumno que se había quedado con ella. En ese momento me doy cuenta. No son "los míos". Todos son "nuestros". 

La tierra se sigue moviendo lentamente. Algunas niñas empiezan a llorar. Nunca he tenido más ganas de ser un pulpo que ese día. Quiero tomarlos a todos y abrazar  sus corazones agitados. Mi alumno vomita de la impresión.  Alguien me pasa papel de baño y yo le doy para que se limpie, mientras lo alejo un poco de eso que está en el piso. 

La tierra se tranquiliza, ahora son mis niños los que tiemblan. No puedo asustarme. Necesito decirles que están bien. 

-Ven corazón, estamos bien. Ya pasó. 

-Miss, -me dice uno desbordando sus lágrimas.- el piso me aventaba hacia los lados. ¡Me tiró, miss! ¡No podía caminar! 

-Estamos bien, corazón, estamos bien. 

Cinco minutos. Sólo cinco minutos de diferencia habrían hecho que todos ellos estuvieran en la alberca, siendo arrastrados por el agua, tal vez siendo azotados en las orillas o jalados hacia el centro, así como a su maestra.   Cinco minutos de diferencia habrían hecho que en lugar de gritar yo en el pasillo me convirtiera en un espectadora de la peor alberca de olas que pudiera haber con niños.  Soy la peor nadadora que conozco, así que en cuanto el pensamiento me cruza la mente, mi corazón se llena de gratitud porque íbamos retrasados a la clase. 

-Gracias Dios, gracias. - Mi corazón dice tan fuerte que casi se escucha en el exterior. 

Los padres empiezan a llegar, y algunos niños se preguntan si volverán a ver a los suyos. 

Mis alumnos de prepa y secundaria me prestan los brazos que me hacen falta y se sientan junto a mis alumnos pequeños. Se están conteniendo, lo sé. Ellos también están asustados, pero escogen la mejor sonrisa para regalársela a otros.  Tal vez no den una en inglés, pero hoy les admiro. No les pido ayuda y aún así me la dan. 

No puedo creer que aquél chamaco platicón de mi clase se haya sentado junto a ese pequeño de la mitad de su estatura y esté jugando con su muñequito rojo. 

La escuela se va vaciando de niños. Algunas maestras empiezan a llorar. No hay señal. No tengo internet. Ni yo ni nadie. Los mensajes no llegan. La luz se ha ido. No hay transporte.  El que hay está casi paralizado. La ciudad se detiene. 

Quedan sólo un par de alumnos.  Los papás están atorados en el tráfico. Es difícil acceder a cualquier sitio.

Una maestra me ofrece su casa. Puedo quedarme con ella. No hay manera de llegar a donde vivo. 

No sé nada de mis familiares ni amigos.  Ni mi celular sirve, ni los de los demás.  Algunas maestras se tranquilizan. Un poco de señal mala e intermitente  ha servido para decir que sus familias están bien.  

En la calle se ve caos y un transformador tirado. La causa de que nosotros no podamos encender ni siquiera un foco. 

La noticia corre. Hay edificios caídos. Hay una escuela colapsada.  Hay un supermercado que se ha derrumbado.

De algún modo el transporte comienza a fluir.  Evito los lugares que parecen a punto de caer. 

Abro la puerta del departamento tratando de no asustarme. Tal vez haya muchas cosas rotas o tiradas... pero no las hay. Sólo parte de mi ropa que estaba mal acomodada está en el piso. Tenía que ser la mía, claro. Tenía que ser la mía.  Nada, ni una sola grieta. Me alivia eso. Los mensajes me empiezan a llegar como desesperados.

"Estoy bien, ¿y ustedes", "Estoy bien, ¿y tú", comienzo  a escribir una y otra vez.  Todo bien en lo que parece. Todo bien...

Las sirenas siguen sonando por las calles.  No logro asimilar qué es lo que está pasando. Mis roomies llegan pronto con ganas de darme un zape por no comunicarme. No es mi culpa, explico, no había señal.

En la televisión comienzan a darnos una idea de la magnitud del sismo.  Comemos juntos. Por primera vez en mucho tiempo comemos juntos por la tarde. Masticamos entre comentario y comentario.

Busco en internet. Hay un lugar donde se van a concentrar los voluntarios. Está lejos, pero no tengo prisa. Si en el sismo pasado se suspendieron clases, con mucha más razón en éste lo harán. 

Me pierdo en el camino, para variar.  Unos chicos con palas y cascos van caminando en sentido contrario hacia mí. Mejor pregunto. Me dicen que ellos son una brigada, que necesito llegar para que me asignen una. Sigo caminando.  Creo que me he perdido otra vez. Le pregunto a un chico que termina acompañándome por un rato y me dá consejos de cómo no ser asaltada. 

-Tú segura. Como si supieras a dónde vas. 

Se despide y me deja en otra esquina con instrucciones de seguir caminando.  Me encuentro a un trío de chicas con varias bolsas. Van para allá, así que me quedo con ellas mientras me platican cómo vivieron el temblor.  

Al llegar a nuestro destino no nos da ni tiempo de despedirnos. Es tanta la gente que ni siquiera llego a la entrada.  Empiezo a hacer lo que veo que la gente hace. Me formo en una fila y empiezan a pasar botellas, galones y garrafones de agua. Muchos, muchos litros.  

-"¡Hormigas! ¡Hormigas aquí! - Grita un chico, y en cuestión de segundos se hace una gigantesca fila de la entrada hasta el estadio.

Nunca había estado ahí antes. Los goyas van y vienen. Casi... casi grito mi primer goya, pero mi corazón venado me lo impide. Yo no tengo idea de que parte de mi universidad está tan dañada y que días después dirían que tiene que demolerse. No tengo idea de que la casa de mi hermana tendrá que ser desalojada. Ni tengo idea de que el lugar donde mi madre trabaja está cuarteado por toda la orilla. No tengo idea de que mi alumna ha caminado más de dos horas por el tráfico para poder llegar a su casa.  Ellos están bien y es todo lo que sé. No hay detalles. Lo que sí sé es que no me quiero quedar en casa. De todos modos no podría dormir ese día pensando en lo que pude haber hecho y no hice. No podría. Así que soy una hormiga pasando agua. 

Después de un par de horas la gente empieza a irse. Yo me quedo.

Amar a otros como me amo a mí misma. El año pasado aprendí que necesitaba amarme a mí misma también para poder cumplir esto. El año pasado aprendí que debí que Dios también sonreía al verme. 

"Como a ti misma, Isabel. Como a ti misma". Me conozco lo suficiente como para saber que si estuviera bajo escombros me gustaría ser encontrada. Me gustaría que intentaran ubicarme. Me gustaría que alguien pensara que valía la pena buscarme.  Así que he decidido hacer eso. 

He pasado la madrugada pensando en ello. Las primeras horas son críticas, tengo entendido. Es más fácil encontrar personas vivas horas después que días después. Sé bien que no soy fuerte, pero algo, algo debo poder hacer, o por lo menos puedo intentar. 

He terminado de clasificar unas cajas. Separar el atún de la pasta no es nada heróico, ni grande, ni valiente, pero es lo que puedo hacer. Es poco, tal vez muy poco, pero prefiero hacerlo a pensar que no puedo hacer nada.

He escuchado a unas personas que irán cerca de donde vivo... o por lo menos más cerca que el lugar donde estoy, así que recogemos algo de comida y salimos para allá. En el camino contamos experiencias, y se habla mal del gobierno. Yo intento centrarme en la gratitud que tengo hacia el creador por haberme detenido cinco minutos antes de mi clase. 

-Dios es bueno, Dios sabe porqué hace las cosas.  Cinco minutos... no sé qué hubiera hecho.

No importa si me creen o no. Yo sé que fue Dios. Y parece que ellos lo saben, porque sonríen los que tengo al lado y asientan con la cabeza los de enfrente.  

Hemos llegado. Descargamos las cosas y vemos una enorme losa aplastando todo. Mucha gente está viendo. Yo no quiero ver. Quiero hacer algo. Nos indican que nos movamos atrás de un camellón, así que obedezco, aunque eso signifique sentirme inútil.  Tal vez lo más útil que puedo hacer en el momento es dejar que otros trabajen.  Una chica me ve. 

-¿Vamos por unas palas?

Asiento con la cabeza.  Caminamos una calle hasta encontrar un montón de palas detrás de una línea de policías. No me cuestionan cuando tomo dos, pensando en mis compañeros.  

Tardo en encontrarlos, pero ellos me reconocen bajo mi tapabocas verde con conejitos.  Les doy las palas mientras ellos se preguntan de dónde las saqué. Sonrío tras mis conejitos.  Me agregan a un grupo de whats, así que ahora puedo comunicarme con ellos. 

Alguien levanta el puño y los demás lo hacen y guardan silencio. Hago lo mismo. Nadie necesita enseñarme qué significa. Es bastante obvio. 

Regreso y ayudo un poco con la comida hasta que empieza a llegar una ola de voluntarios que empiezan entorpecer las cosas. Decido ir a casa y tomar un baño...

y luego vienen varios días de cosas similares.

Las sirenas siguen sonando.  Sigo sintiendo la vaga sensación de que el piso se sigue moviendo. Dejo las llaves en donde sé que las encontraré rápidamente y por momentos me detengo cuando creo haber escuchado la alarma sísmica. 

Ví a un par de alumnas éstos días. Me han abrazado como si hubíéramos sobrevivido al fin del mundo y les he prometido que Chimpumpurri y fluffy  (nuestros peluche-mascotas del salón) regresarán el primer día bien bañaditos, y se han reído cuando les confieso que ahora se duermen con chones por si escuchan la alarma sísmica. Ahora tendré que inventarme unos calzones en miniatura para llevárselos como dije.

-Miss, todavía tengo miedo. - Me ha dicho una.

La he abrazado con mis ocho brazos de pulpo imaginario y los dos que tengo.  Me gustaría tanto prometerles que todo va a cambiar. Que éste será el último que vivirán, pero no puedo; y no lo hago. 

Por las calles escucho muchos comentarios. 

-Yo sabía que no podía bajar. Así que miré por la ventana. En ese momento me dije: "Si voy a morir, quiero morir viendo al cielo".

Morir viendo al cielo.  Como si eso fuera difícil. Todos anhelamos dentro morir viendo al cielo. Todos queremos morir con algo de esperanza. Está en nosotros, está en el humano  querer algo fuera del mundo, algo detrás de la muerte. 

Morir viendo al cielo.  Eso también anhelo yo.

No, no quiero eso. No quiero morir viendo al cielo. Quiero vivir viendo al cielo.   Quiero aprender a amar a otros como me amo a mí misma. Quiero sentir que no pierdo mucho si pierdo todo aquí. 

Hoy ayudé a una compañera de trabajo a recoger las cosas de su casa. Ese lugar ya no sirve para vivir. Mientras recogía escombros recordaba "no te hagas tesoros aquí". El pensamiento ha invadido mi mente mientras descubro cuántas cosas se han perdido ese día. A partir del sexto piso no hay escaleras. Se han venido abajo mientras su edificio se parte a la mitad.  

-"Gracias, de todo corazón". - Me ha dicho varias veces.

Yo sé que la próxima vez que le hable de Dios me escuchará con oídos menos sordos, porque pequeños actos de amor abren el corazón muchas veces. 

Éstos días he pensado mucho sobre la gran oportunidad que tenemos de demostrar amor.

Alguien me dijo "Me gustó lo que mi hermano puso en el facebook, que era tiempo de amar y no de juzgar." Concuerdo.  Veo a Jesús en la Biblia y me doy cuenta de que las necesidades, a veces eran el inicio del contacto entre él y la gente.  Las necesidades a veces eran la excusa para mostrarles lo que realmente necesitaban. No eran la manera de echarles en cara lo mucho que habían fallado.  Era como si presentarse con ellos fuera un "aquí estoy" y no un "mira lo que te pasa por...". 


Alguien me dijo alguna vez que los momentos críticos en la sociedad son buenos para la iglesia porque muchas veces son las únicas maneras en las que los corazones se abren y se quiebran. A veces esas son las únicas maneras en las que algunos corazones se dan la oportunidad de escuchar lo que la iglesia tiene que decir.

A veces, las manos extendidas de la iglesia son lo que hacen que su mensaje tenga valor para algunos corazones escépticos. No, no lo digo como regla. No digo que siempre lo sea, digo que puede llegar  serlo. 

Creo hallar un poco de más claridad en Juan 6. Jesús alimenta a muchísima gente un día. Al otro día la gente le busca esperando comer otra vez.

-¿Quieren pan? - Me imagino a Jesús diciendo. - Aquí estoy. Yo soy el pan de vida. 

Qué decepción para algunos.  Algunos dejan de seguirle ese día.  Algunos, no todos.  Los otros entendieron que no había a otro lugar a dónde ir sino a Él. 

Atraídos por el pan, según entiendo, encontraron vida. No todos, pero algunos lo hicieron. 

México busca pan. Si nosotros, como iglesia extendemos la mano, probablemente también encuentre la vida.

Tal vez no parezca tan espiritual levantar una lata de atún, pero tal vez es lo que abra el corazón de un México que lucha por rescatar a los suyos. 

Creo que el cielo considera una injusticia retener el pan al necesitado. No sólo me refiero a la comida física, sino también a la verdad misma. 

Lo he visto con mis ojos. La gente tiene tiempo para escuchar cuando está en un hospital esperando noticias.  La gente no dice "tengo prisa" o "estoy ocupado".  Algunos no quieren, es cierto, pero algunos lo hacen. No podemos retener el pan por no obtener la reacción que esperamos en cada uno de ellos.  La semilla cayó en todos lados, y sólo en uno dió fruto, pero la oportunidad se le dió. No sabemos si ese día haya un pedacito de buena tierra entre todas las piedras. La semilla es buena aunque no todos la reciban. La semilla sigue siendo buena.

La tierra se ha movido. El cielo también lo hace.  Las verdades de hace miles de años siguen siendo vigentes.  El mismo Dios que envió a su hijo, un día rasgará el cielo y todos le veremos.  Mientras esperamos, tenemos cosas que hacer.  Podemos dar un vaso de agua, un poco de sudor, picar piedra, o pedir ayuda. Podemos gastar un poco de gasolina, pasar un día fuera de casa, escribir un post, o sacar algo de la despensa... mientras oramos y esperamos que los cielos se abran.  

Tal vez México esté lleno de Lázaros que varios días después puedan salir de la tumba para encontrar a Cristo.

Yo no sé, pero sé que tal vez el próximo creyente que provoque una fiesta en el cielo  está entre los escombros que hemos ignorado.  Que Dios nos libre de ser indiferentes ante las necesidades físicas y espirituales.  

Ayer me encontré una señora que iba hacia el mismo lugar que yo. Así que nos acompañamos. Nos recordamos la una a la otra que debemos volver nuestros ojos a Dios. A veces es más fácil hablar con las personas cuando hay un tiempo de crisis. 

Un amigo me envió una foto de víveres y me puso "siguiendo tu ejemplo".  Sonreí, no por sentirme inspiración de alguien, sino porque yo estoy tratando de seguir el ejemplo de Jesús. Así que él, en cierto modo también lo estaba haciendo sin planearlo. 

Iglesia. Es una responsabilidad enorme vivir en tiempos de crisis. Tenemos una reponsabilidad que descansa en nuestros hombros. La salvación de nuestra generación es responsabilidad de esta generación de la iglesia. 

En la reunión de la escuela donde trabajo, un maestro comentó que un alumno se había puesto a gritar "¡Soy muy joven para morir! ¡No me quiero morir!" al mismo tiempo que evacuaba el edificio. 

Aún me asombra mi reacción al vestidor de las niñas a ver si no había alguna. Es la segunda vez que siento que me voy a morir, y la primera que no tengo miedo.  Yo estaba lista para morir, pero ellas no. No porque fueran niñas, sino muchas no conocen a Cristo.  

Recuerdo el testimonio de Jim Elliot y sus amigos que perdieron la vida entre los indios aucas.  Uno de los hijos de esos amigos recuerda que su papá cargó un arma para asustarlos en un caso extremo. 

-Papá, si es necesario ¿usarás el arma para defenderte?- Le preguntó el niño. 

-Hijo, -respondió él- yo estoy listo para morir. Ellos no.

Y finalmente así lo hizo.

La iglesia tiene paz que sobrepasa las circunstancias, y somos privilegiados al tenerla. Sin embargo, debemos entender que los demás no sienten lo mismo. Que nosotros no sintamos miedo a la muerte o que haya para nosotros esperanza después de ella, no significa que debamos ser indiferentes ante los que se asustan o  juzgar a los que se quiebran. 

La gente no entiende la paz que sentimos, ni nosotros la desesperación que les invade, pero no por eso podemos despreciarles ni sus necesidades deben sernos menos apremiantes.

Un México entre escombros está despertando. El terremoto despertó muchas cosas.

Oro y espero que la iglesia sea una de ellas. Oro que nosotros también hayamos despertado.


Isarona  




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