-Estuvimos a punto de divorciarnos- me dijo él.
Ella asintió con la cabeza, pero sonriendo. Parecía que era uno de esos recuerdos que han quedado tan atrás que ya ni duelen.
Estuvimos más de una hora platicando. Me hablaron de cómo había sido que habían perdido dinero, cómo tuvieron que dejar vicios, cómo tuvieron que separarse un poco de su familia por el bien de la que ellos habían formado. La terapia, las reuniones, las peleas, las pláticas...
Yo les vi diferente. Incluso se veían más jóvenes. Sus hijos ya han crecido tanto que la bebé que cargué en brazos alguna vez ya está en secundaria.
-Las terapias nos sirvieron - me dijo ella-, pero sólo son una herramienta. El que salvó nuestra vida, nuestro matrimonio, nuestra familia, fue Jesús.
Veía a uno, veía a otro. Mientras uno hablaba el otro asentía con la cabeza y comía... y luego el otro completaba con más información.
Según iba a estar con ellos una hora, pero terminamos cenando juntos y compartiendo pedazos de vida. Me llenó el corazón saber que no sólo compartíamos algunos recuerdos, sino que ahora compartimos la fe. Me animó mucho que se tomaran un pequeño momento para orar por mí y para mostrarse sin caretas.
Siempre me he sabido afortunada porque, de una u otra manera, Dios pone personas en mi camino que me hacen pensar en la primera vez que creí.
Mis ojitos se iluminaron. Ellos creen que sé mucho más que ellos, pero yo sé que no hay nada de mérito en ello. Lo importante es vivir, no saber, y eso es lo que intento. Me anima mucho ver que varios estamos peleando la misma batalla, que corremos en la misma dirección.
Casi al final él resumió todo en una pequeña frase:
-No sé por qué desperdicié tanto de mi vida. Bueno, no... Dios me estaba preparando para lo que venía.
Así es. Así lo creo. Aún las veces que parece una vida desperdiciada, no lo es cuando pones el pasado en buenas manos.
Qué alegría me ha sido este día ir a dar una clase, y recibir otra más importante a cambio.
Qué paz me da ver que una vida despedazada puede ser un hermoso collage de amor, gracia, compasión y esperanza. Un recordatorio de que Dios saca cosas bellas de las cenizas.
Todo era paz y belleza hasta que a mi gata, Paprika, se le ocurrió meter un murciélago a la casa como cena. Pero no importa. Ya no hay murciélago. Lo he sacado junto con las dudas de si Dios sabe lo que hace. Lo hizo con ellos, lo hará conmigo. Lo creo. Lo creo. En verdad lo creo.
viernes, 30 de septiembre de 2016
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