Esta semana recordé algo importante.
Estaba en el recreo con mis alumnos cuando vi a una niña subir corriendo por la resbaladilla y en el otro extremo a uno queriendo aventarse. Rápidamente me acerqué y le dije a la que subió corriendo que bajara. Ella obedeció pero quería irse corriendo a otro lugar. Yo quería hablar con ella pero ella volteaba a otro lugar y se movía sin prestarme atención... hasta que le dije.
-¿Podrías darme solo un minuto? Detente un momento y escucha, mírame...
Ella me volteó a ver a los ojos y dejó de moverse mientras le explicaba en un minuto que si ella subía así, podía ocasionar un accidente y lastimarse o lastimar a un compañero. Cuando ella afirmó con la cabeza y me respondió que ya había entendido, le dije que regresara a jugar. Ella obedeció y se unió rápidamente a sus compañeros.
De repente escuché en mi cabecita las mismas palabras que le dije.
"Detente un momento y escucha, mírame..."
Yo sé que es lo que muchas veces Dios quiere decirme. ¡Hey, Isarona! ¡Detente y escucha! Mírame mientras te hablo…
Andamos tan a prisa que olvidamos detenernos a escuchar y mirar a quien nos habla desde el atardecer o desde la Biblia.
Alrededor de nosotros todos parecen correr, van de prisa de un lugar a otro, y parece que sentarse a leer o detenerse a observar algo es un lujo. Sin embargo, considero que para el cristiano, detenerse un poco (o mucho) es necesario. Necesitamos aliento, dirección, palabras… Necesitamos que Dios nos hable, pero para escuchar necesitamos detenernos… detenernos y mirar.
Vamos, toma tu tiempo. Toma un tiempo. Tómate un té. Tómate un atardecer. Tómate una plática. Si no hemos escuchado a Dios, tal vez sea porque él está hablando mientras nosotros nos seguimos moviendo.
Vamos, solo unos minutos…. Detente, escucha y míralo.
Isarona

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