miércoles, 30 de marzo de 2011

Excusas...excusas...

Un día mi hermana estaba regañando a mi sobrino, cuando repentinamente él, muy indignado, le dijo:

-¡No me regañes porque soy guapo!

Cuando me enteré de esto no pude contener la risa. La excusa de mi sobrino era tan ilógica como chistosa. Y lo peor de todo es que las excusas que nosotros damos ante Dios le han de sonarle igual de inválidas…

Por ejemplo, podemos encontrar las excusas de Moisés en Éxodo 3-4.

“¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?” (3:11); “He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: no te ha aparecido Jehová” (4:1); “¡Hay, Señor! Nunca he sido hombre de fácil palabra, ni antes, ni desde que tú hablas a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua” (4:10)
Otro que también puso una excusa fue Jeremías:

“¡Ah! ¡Ah,Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6)
Lo que me parece más interesante de todo esto es la respuesta de Dios: NUNCA les hace válida ninguna excusa.

Cuando Moisés pregunta ¿Quién soy yo para ir? Dios le responde: “ Ve porque yo estaré contigo” (éxodo 3:12) --¿Qué importa quién eres si Yo voy contigo?

Cuando dice que nadie le creerá, Dios le da dos señales para que las muestre y crean. (éxodo 4:2-9)-- Moi, vamos a la segura... tú tranquilo, yo nervioso. Tú haces lo imposible, yo lo imposible.

Cuando dice que no es elocuente, Dios le dice: “Ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar” (éxodo 4:12)--Yo te doy lo que falta. Yo soy suficiente, soy todo lo que necesitas.

Cuando Jeremías dice que es niño Dios le dice “No digas: soy un niño; porque a todo lo que te envié irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice Jehová. Y extendió su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí que he puesto mis palabras en tu boca”. -- Yo hago a través de ti lo que tú no puedes hacer por ti mismo.

Dios jamás le da la razón a las excusas, ¿Sabes por qué? Simplemente porque Él capacita nuestra incapacidad. No se trata de lo que nosotros podemos o no hacer, se trata de lo que Él puede hacer a través de nosotros. No se trata de lo bueno que seamos en hacer algo, se trata de que Dios puede hacer que nosotros hagamos lo que jamás pensamos que podríamos hacer. Nuestras excusas quedan deshechas ante el hecho de que Dios puede hacer lo que sea. Nosotros no, pero Él sí. Si vamos con Él no hay nada que sea tan difícil que no podamos hacer, ni hay algo tan alto que no podamos alcanzar.

¿Cuál era tu excusa hoy? El tiempo? ¿Tu personalidad? ¿Tus habilidades (o la falta de ellas)? ¿Hay otra persona que parece más adecuada? ¿La edad?... Te recuerdo que ante el llamado de Dios has quedado desarmado. No hay excusa válida. Tal vez, lo más inteligente que podemos hacer es responder como Samuel: “habla que tu siervo oye” (1 Sam. 3:10).


¡Bendiciones!


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