Ese día me quedé sola en mi casa. Apenas se fueron todos me senté en el borde de la cama y cerré mis ojos.
-¿Dónde estás?- era una frase que solía repetir desde siempre.
Es obvio que nunca lo había visto, ni tocado, ni oído…era obvio que me parecía difícil creer en lo que no se puede ver, pero también era evidente que todos tenemos un gran espacio en el corazón y la mente que no puede ser llenado por algo que no sea Dios. La soledad suele ser una manera en la que Dios nos recuerda eso.
Todos sentimos soledad en algún momento. Tal vez cuando no hay nadie a nuestro alrededor, tal vez cuando hay mucha gente y parece que no pertenecemos a ningún lado, o cuando nadie parece entender.
-¿Dónde estás?
Parecía que Dios estaba lejano ese día porque yo no escuchaba ninguna respuesta.
Una lágrima rodó por mi mejilla, y comencé a recordar una ocasión en la que mis padres discutían. Eso había pasado cuando era una niña, yo no entendía nada. Esos eran problemas de adultos, y yo…yo no lo era. Así que tomé a mi osito de peluche y me acomodé en un rincón de la que fue mi recámara alguna vez. El oso atajaba mi llanto. Sí, me sentía sola. Comencé a recordar el pasado porque era lo que sentía en el presente. Esa era la misma soledad que sentía en ese momento.
-Dios, ¿Dónde estás?
Yo solo quería saber si él tenía tiempo para mí mientras estaba sentada sobre mi cama; también quería saber si me había visto llorar aquel día. Y si me vio… ¿acaso le había importado? ¿Cómo podía permitir que alguien tan vulnerable pasara por eso?
De repente, un pensamiento invadió mi cabeza:
-“Recorre la escena otra vez”.
-¿¿Qué??
-“recorre la escena otra vez”
¿Podría ser que Dios me estuviera hablando?
No fue algo audible, pero ese pensamiento no me dejaba. No tenía sentido echarle un vistazo a las viejas heridas, pero ese pensamiento no salía de mi cabeza y hasta comenzaba a ser algo molesto.
Regresé a aquella vieja habitación en mi mente. Mi osito seguía inmóvil sobre la cama mientras en la otra habitación estallaba una revolución que ya conocía. Una niña entró llorando a mi recámara. Sí, era yo cerrando la puerta rápidamente para que nadie notara mis sollozos. La niña tomó el oso, lo apretó con todas las fuerzas que tenía y se acomodó en el mismo rincón. Todo era como lo había vivido…excepto porque noté un pequeño detalle que no había visto antes. Mientras la niña tapaba su llanto, Jesús entró silenciosamente y se puso a su lado, se sentó en el frío suelo junto a ella y la abrazó ¡Jesús estaba ahí y la niña ni siquiera lo había notado! Al ocultar su llanto, la niña no había visto el rostro de Jesús, y mucho menos las lágrimas que rodaban por sus mejillas y caían sobre ella.
¡Ahora entendía todo! Definitivamente Jesús había estado conmigo todo el tiempo, pero jamás lo había notado. Jesús comprendía lo que sentía cuando era niña y lo que sentía ahora…¡y le importaba! Ahora comprendía que hay una diferencia colosal entre sentirse solo y estar solo. Podía sentirme sola, pero no lo había estado en realidad, ni lo estaría jamás. La soledad era un punto obligatorio en mi lista de cosas que no me hubieran gustado vivir jamás, pero podía reconocer que había aprendido algo: Aunque me sienta sola, en realidad no lo estoy.
De un momento a otro comencé a dejar de sentirme así. Todo esto me había enseñado bueno, algo que no podría olvidar nunca.
-¿Dónde estás?
Esta vez tampoco escuché nada, pero, siendo honesta, no me importó mucho. ¿Sabes por qué? Porque aunque no lo oía, ni lo veía, ni lo podía tocar, sabía que Él estaba a mi lado…justo como lo había hecho siempre…



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