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sábado, 11 de mayo de 2013

Felizmente ignorantes.

Conozco a una persona a quien le detectaron miomas en la matriz el año pasado. Ella no quería operarse aún sabiendo que era necesario, así que buscó varios doctores. El primero le dijo que tenía que operarse. El segundo también. El tercero estuvo de acuerdo con los dos primeros… y así se repitió la historia con cinco o seis doctores. Finalmente encontró a uno que le dijo que estaba bien si no lo hacía… Y no lo hizo.
 
Ayer fue a dar al hospital. El doctor simplemente la regañó. ¿Por qué no se operó?  Porque tenía miedo del dolor. Ahora, según el doctor, mientras más tiempo pase, será más complicada y riesgosa la inminente operación.  Así que la mujer ya está en eso… finalmente tendrá que hacer lo que tanto tiempo evitó.
Me parece que hay cierto tipo de felicidad que viene de la ignorancia de la verdad, me refiero tanto a desconocerla como a no creerla aunque la hayas escuchado.  Hay un cierto tipo de tranquilidad que viene cuando una persona no sabe que tiene cáncer, o que va a morir de una enfermedad que no sabe que tiene. Hay una estabilidad que está antes saber que una persona querida murió o descubrir un obscuro secreto familiar escondido durante años.  Sin embargo, esa feliz estabilidad está basada en  una mentira.
A los humanos nos encanta escuchar que todo está bien, aunque no sea cierto. Nos encanta creer que podemos vivir sin un salvador, que no lo necesitamos, que no hay peligro, que al final todo estará bien. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que ignorar la verdad puede traernos más infelicidad que la efímera felicidad  que ofrece.  John Piper (2006, pp.79-81) lo describe muy claro con el ejemplo del Titanic:

De hecho, este es el tipo de gozo que más mueve el mundo: Un gozo que conserva la intensidad de sus placeres al ser inconsciente del peligro inminente. (Hablando del Titanic) Si a los pasajeros se les hubiera alertado de que en cuestión de horas la mayoría se ahogaría en el helado océano, todo su festejo habría cesado. Su gozo dependía de su ignorancia.

Sin embargo, si los pasajeros hubieran sabido que el trasatlántico se hundiría, pero que una gran armada de buques y veleros totalmente confiables ya estaba en camino y llegarían a salvar a todos los que siguieran las instrucciones, algo muy diferente hubiera ocurrido. Sin duda los alegres festejos habrían cesado y un ambiente sombrío se hubiera dispersado por todo el Titanic; pero allí habría un  tipo diferente de gozo, un profundo sentido de gratitud a los rescatadores,  y un profundo sentido de esperanza de que, aunque se perderían muchas cosas, la vida estaría a salvo. Algunos podrían llenarse de pánico por la incredulidad, dudando de la promesa de rescate. Pero otros se levantarían en la fortaleza de la esperanza y harían grandes actos de amor en preparación por la inminente destrucción.

Y luego concluye…

Estamos en un titanic condenado, por la causa de nuestro pecado, todos nosotros sin excepción. “Toda Boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Ro. 3:19). El barco pecaminoso de nuestra vida se encamina a la ruina, a causa de la justicia y la ira de Dios. Sin un Salvador, esta es la realidad que debemos mantener alejada de nuestra mente para ser felices en el Titanic de este mundo.

No creo poder poner un ejemplo más acertado.  La única felicidad que este mundo ofrece está basada en la ignorancia de la terrible verdad de que sin un Salvador estamos en manos de un Dios airado. Sin embargo,  la  otra parte de la verdad es que un Salvador pagó nuestra deuda si respondemos a  su llamado, y esto nos  llena  de esperanza a los creyentes.
Este mundo está condenado por una enfermedad mortal, necesitamos una cura, pero si no nos acercamos al médico-creador, la única felicidad que tendremos terminará en cuanto nuestra frágil vida lo haga.
Mira en la Biblia… ¡Hay una cura! ¡Tenemos un salvador! ¡Un  médico! ¡Un abogado! ¡La flota que nos salvará del hundimiento viene en camino! Solo confía, crée… y deja que tu esperanza opaque el dolor que la verdad causa.  Confía.  Él dijo que nos salvaría, que vendría por nosotros… y lo hará.
¡Soli Deo Gloria!
Isarona
Piper John (2006). Cuando no Deseo a Dios. Edit. Portavoz.
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