Conozco a una persona a quien le detectaron miomas en la matriz
el año pasado. Ella no quería operarse aún sabiendo que era necesario, así que
buscó varios doctores. El primero le dijo que tenía que operarse. El segundo
también. El tercero estuvo de acuerdo con los dos primeros… y así se repitió la
historia con cinco o seis doctores. Finalmente encontró a uno que le dijo que
estaba bien si no lo hacía… Y no lo hizo.
Ayer fue a dar al hospital. El doctor simplemente la
regañó. ¿Por qué no se operó? Porque
tenía miedo del dolor. Ahora, según el doctor, mientras más tiempo pase, será
más complicada y riesgosa la inminente operación. Así que la mujer ya está en eso… finalmente
tendrá que hacer lo que tanto tiempo evitó.
Me parece que hay cierto tipo de felicidad que viene de la
ignorancia de la verdad, me refiero tanto a desconocerla como a no creerla aunque
la hayas escuchado. Hay un cierto tipo
de tranquilidad que viene cuando una persona no sabe que tiene cáncer, o
que va a morir de una enfermedad que no sabe que tiene. Hay una estabilidad que
está antes saber que una persona querida murió o descubrir un obscuro secreto
familiar escondido durante años. Sin
embargo, esa feliz estabilidad está basada en
una mentira.
A los humanos nos encanta escuchar que todo está bien,
aunque no sea cierto. Nos encanta creer que podemos vivir sin un salvador, que
no lo necesitamos, que no hay peligro, que al final todo estará bien. Pero pocas
veces nos detenemos a pensar que ignorar la verdad puede traernos más infelicidad
que la efímera felicidad que ofrece. John Piper (2006, pp.79-81) lo describe muy
claro con el ejemplo del Titanic:
De hecho, este es el tipo de gozo que más mueve el mundo: Un gozo que conserva la intensidad de sus placeres al ser inconsciente del peligro inminente. (Hablando del Titanic) Si a los pasajeros se les hubiera alertado de que en cuestión de horas la mayoría se ahogaría en el helado océano, todo su festejo habría cesado. Su gozo dependía de su ignorancia.
Sin embargo, si los pasajeros hubieran sabido que el trasatlántico se hundiría, pero que una gran armada de buques y veleros totalmente confiables ya estaba en camino y llegarían a salvar a todos los que siguieran las instrucciones, algo muy diferente hubiera ocurrido. Sin duda los alegres festejos habrían cesado y un ambiente sombrío se hubiera dispersado por todo el Titanic; pero allí habría un tipo diferente de gozo, un profundo sentido de gratitud a los rescatadores, y un profundo sentido de esperanza de que, aunque se perderían muchas cosas, la vida estaría a salvo. Algunos podrían llenarse de pánico por la incredulidad, dudando de la promesa de rescate. Pero otros se levantarían en la fortaleza de la esperanza y harían grandes actos de amor en preparación por la inminente destrucción.
Y luego concluye…
Estamos en un titanic condenado, por la causa de nuestro pecado, todos nosotros sin excepción. “Toda Boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Ro. 3:19). El barco pecaminoso de nuestra vida se encamina a la ruina, a causa de la justicia y la ira de Dios. Sin un Salvador, esta es la realidad que debemos mantener alejada de nuestra mente para ser felices en el Titanic de este mundo.
No creo poder poner un ejemplo más acertado. La única felicidad que este mundo ofrece está
basada en la ignorancia de la terrible verdad de que sin un Salvador estamos en
manos de un Dios airado. Sin embargo, la otra parte de la verdad es que un Salvador pagó nuestra deuda si
respondemos a su llamado, y esto nos llena de esperanza a los creyentes.
Este mundo está condenado por una enfermedad mortal,
necesitamos una cura, pero si no nos acercamos al médico-creador, la única
felicidad que tendremos terminará en cuanto nuestra frágil vida lo haga.
Mira en la Biblia… ¡Hay una cura! ¡Tenemos un salvador!
¡Un médico! ¡Un abogado! ¡La flota que
nos salvará del hundimiento viene en camino! Solo confía, crée… y deja que tu
esperanza opaque el dolor que la verdad causa.
Confía. Él dijo que nos salvaría, que vendría por nosotros… y lo hará.
¡Soli Deo Gloria!
Isarona
Piper John (2006). Cuando no Deseo a Dios. Edit. Portavoz.
