El cuento que escribí hace mucho... corregido y aumentado... y adaptado para la pantalla. jeje.
Ese día me quedé sola en casa. Apenas se fueron todos me senté en el borde de la cama y cerré mis ojos. No había tenido una semana fácil y lo que acababa de suceder se había llevado el poco ánimo que me quedaba.
-¿Dónde estás?- era la frase que solía repetir desde siempre.
Obviamente nunca lo había visto, ni tocado, ni oído; y me parecía difícil creer en lo que no se puede ver, pero tenía un gran espacio en el corazón que no podía ser llenado por algo que no fuera tan grande como Él. La soledad era la manera en la que yo me recordaba eso.
Creo que todos sentimos soledad en algún momento. Tal vez cuando no hay nadie a nuestro alrededor, o cuando hay mucha gente y parece que no pertenecemos a ningún lado.
-¿Dónde estás?
Parecía que Dios estaba lejano ese día porque yo no escuchaba ninguna respuesta. Una lágrima rodó por mi mejilla, y comencé a recordar una ocasión en la que mis padres discutían. Eso había pasado cuando yo era una niña. Fue uno de esos momentos donde te sientes culpable y nos sabes ni porqué. . Esos eran problemas de adultos, y yo…yo no lo era. Así que tomé a mi osito de peluche y me acomodé en un rincón junto a mi cama. El oso atajaba mi llanto. Sí, me sentía sola. Comencé a recordar el eso porque era exactamente lo mismo que sentía en el presente. Esa era la misma soledad que me había perseguido toda la vida como perro fiel.
-Dios, ¿Dónde estás?
Yo solo quería saber si Él tenía tiempo para mí, si había escuchado las oraciones que había lanzado al cielo y si me había visto llorar aquel día cuando era una niña. Y si me había visto, escuchado y entendido… ¿acaso le había importado? ¿Cómo podía permitir que alguien tan vulnerable pasara por eso? ¿Por qué no había estado ahí?
De repente, un pensamiento invadió mi cabeza:
-“Recorre la escena otra vez”.
-¿¿Qué??
-“recorre la escena otra vez”
¿Podría ser que Dios me estuviera hablando? No fue algo audible, pero ese pensamiento no me dejaba. No tenía sentido echarle un vistazo a las viejas heridas, pero ese pensamiento no salía de mi cabeza y hasta comenzaba a ser algo molesto.
Regresé a aquella vieja habitación en mi mente. Mi osito seguía inmóvil sobre la cama. No entiendo cómo podía conservar su cara tierna mientras en la otra habitación estallaba la revolución que yo ya conocía. Una niña entró llorando cerrando la puerta detrás de sí. Era yo intentando protegerme de quién sabe qué. No había notado lo asustada que estaba hasta que me vi otra vez. La pequeña tomó el oso, lo apretó con todas sus fuerzas y se acomodó en el mismo rincón. No pasó mucho tiempo para que comenzara a llorar con tal fuerza que todo su cuerpo temblaba. Todo era como lo había recordaba…excepto porque noté un pequeño detalle que no había visto antes. Mientras aquella niña tapaba su llanto, alguien entraba silenciosamente y se ponía a su lado. Aquella persona tomó un segundo para verla y despacio se sentó en el suelo junto a ella. Un segundo después la abrazó ¡Dios estaba ahí y la niña ni siquiera lo había notado! Al ocultar su llanto sobre la panza de su oso no había visto que alguien la abrazaba. Y mucho menos que alguien lloraba con ella.
En ese instante comprendí todo. Definitivamente Él había estado conmigo todo el tiempo, pero jamás lo había notado. Él comprendía lo que sentía cuando era niña y lo que sentía ahora… ¡y le importaba! Por fin entendía que hay una diferencia colosal entre sentirse solo y estar solo. Podía sentirme sola, pero no lo había estado en realidad, ni lo estaría jamás. La soledad era un punto obligatorio en mi lista de “cosas que no me hubieran gustado vivir jamás”, pero podía reconocer que había aprendido algo: Aunque me sienta sola, en realidad no lo estoy.
De un momento a otro comencé a dejar de sentirme así. Todo esto me había enseñado algo que no podría olvidar nunca.
-¿Dónde estás?
Esta vez tampoco escuché nada, pero, siendo honesta, no me importó mucho. Porque aunque no lo oía, ni lo veía, ni lo podía tocar, sabía que Él estaba a mi lado…justo como lo había hecho siempre...
¡Bendiciones!

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