“míralo, míralo, míralo! Y sé transformada…”
Un amigo me escribió eso en mi cumpleaños. Se refería a Dios.
Hoy en la mañana me desperté y me subí a la azotea de la casa. Estuve ahí, viendo el amanecer. Me desperté temprano para escuchar a los pájaros cantar y opacar por momentos a los grillos que no dejaban de gritar. Vi las nubes tornarse naranjas con los primeros rayos del sol... estaba ahí porque quería contemplar. Solo intentaba mirarlo a través de todo. Me es difícil contemplar.
Puedo orar apasionadamente, puedo predicar con voz alta, puedo cantar por mucho rato… pero quedarme quieta y contemplar… ¡AGH! ¡Me es táaan difícil! Puedo estar callada, pero mi mente sigue pensando en mil cosas, regreso al punto y me vuelvo a ir. Me enojo conmigo misma. ¿Por qué no puedo contemplar?
“Contemplar es convertirse”, he escuchado en varias bocas. Lo que miras con atención por mucho tiempo es en lo que te conviertes. Si reflexionas sobre Dios y sus atributos apasionadamente, te vuelves un poco más como Él.
Sugiero una raíz de mi problema de la contemplación. Pienso que todo viene a partir de que la contemplación es pasiva. No tienes que hacer nada, solo mirar por placer. Solemos querer hacer mil cosas… gritar, orar, guerrear, alabar, adorar… y todo es algo activo; pero contemplar simplemente es poner atención y admirar. Al parecer, no hay mucha actividad en eso, y no hay prisa. Parece que es mucho tiempo “haciendo nada”. Olvidamos que contemplar es convertirse, y eso es un gran descubrimiento para aquellos que queremos ser más como Él.
Contempla, admírate, calla y espera… eres más como eso que mirabas.
Mira a Dios… ¡míralo, míralo, míralo… y sé transformad@.
SOLI DEO GLORIA

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